Orígenes del libro infantil

Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Venta de Libros de la Federación de Gremios de Editores, los niños entre seis y nueve años son los que más leen en nuestro país. El 85,2% lee en su tiempo libre, mientras que en la población adulta baja hasta el 59,7%. La cantidad de publicaciones infantiles que podemos encontrar hoy es reflejo de que las grandes editoriales son conscientes de que el infantil es uno de los públicos más importantes, pero no siempre ha sido así.

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Vamos a intentar explicar el éxito de los libros infantiles que comenzó ya en el siglo XIX, cuando se va formando, junto con el femenino y el obrero, un público infantil que merece la atención de editores, escritores e ilustradores especializados.

Esto no quiere decir que hasta entonces los niños no leyeran, aquellos que podían acceder a la educación y los libros leerían obras pedagógicas, religiosas o de adultos. La literatura de puro entretenimiento oral existe desde siempre, pero no así la escrita.

Aquí se plantea el problema de definir qué se puede considerar literatura infantil y cuándo surge, pues no todos los autores tienen la misma opinión.

Pilar Vélez en su artículo “La ilustración del libro en España en los siglos XIX y XX” afirma de la literatura infantil lo siguiente:

su aparición es bastante tardía en toda Europa, puesto que durante muchos siglos la vía oral fue la transmisora básica de leyendas, cancioneros, historias fantásticas, juegos, etc. No es hasta el siglo XVIII, a consecuencia del interés despertado hacia el niño por Rousseau, cuando empieza el desarrollo de esta literatura, cuya finalidad es pedagógica y moralizadora a la par.

Al contrario que esta autora, que retrasa la aparición de la literatura infantil hasta épocas muy cercanas, Seth Lerer en su libro La magia de los libros infantiles. De las fábulas de Esopo a las aventuras de Harry Potter dice que

la literatura infantil ha existido desde que existen los niños. Mucho antes de que John Newberry fundara la primera imprenta dedicada a la publicación de libros para niños, ya se contaban y se escribían relatos para los más jóvenes, y numerosos libros destinados en principio para un lector adulto fueron cuidadosamente refundidos o resumidos para un público juvenil.

Carmen Bravo-Villasante delimita mucho más lo que se puede considerar literatura infantil y así en el prólogo de su libro Historia de la literatura infantil española la define como la que

se escribe para niños –desde los cuatro a esa línea incierta de los catorce o quince años- y que los niños leen con agrado.

Además afirma que debe tener unas características indispensables como son

la claridad de conceptos, la sencillez, el interés, la ausencia de ciertos temas y la presencia de otros que no toleraría el adulto.

Si consideramos literatura infantil simplemente aquella que leen los niños y nos olvidamos de su intención, finalidad o características, siguiendo a Seth Lerer, podemos afirmar que las adaptaciones de clásicos grecolatinos son la forma más antigua de literatura infantil escrita puesto que ya en Grecia y Roma se hacían adaptaciones de sus autores más importantes para los niños en las escuelas. El hecho de que fueran consideradas imprescindibles para la enseñanza de la lengua unido a su complejidad, hacía necesaria su simplificación para los más pequeños. Así, distintas partes de la Ilíada, la Teogonía, las tragedias de Eurípides, las comedias de Menandro, la Eneida, las Odas de Horacio, etc., eran compiladas en extractos que se iban leyendo en las escuelas según las edades. La literatura infantil durante mucho tiempo no se compuso de obras escritas especialmente para la diversión de los niños, sino de adaptaciones para ellos de textos ya existentes siempre con una finalidad pedagógica.

La historia de la lectura y el libro infantil no es muy diferente de la historia de la lectura y el libro en general. En tiempos de los manuscritos, en los que la lectura era sólo privilegio de unos pocos, tan sólo los hijos de los reyes tendrían acceso a algún que otro libro que sería de carácter pedagógico o religioso. Los niños siguieron aprendiendo latín con compilaciones y florilegios tomados de los grandes autores de la antigüedad.

Una vez que se crea la imprenta, se incrementa el número de lectores y la difusión de los libros y entre ellos los infantiles. Pero esta ampliación sería muy limitada, los más pequeños leerían La Biblia o libros de piedad, algunas adaptaciones de clásicos y obras creadas para mayores que los niños hicieron suyas, como, por ejemplo, El Lazarillo de Tormes o, posteriormente, Los viajes de Gulliver.

Fue necesario esperar a finales del siglo XVII para que un personaje con peso dentro del mundo de las letras se atreviera a publicar cuentos para niños. Este fue el académico francés Charles Perrault. A partir de entonces y gracias en buena medida a Rousseau, los niños van adquiriendo cada vez más importancia. Antes el niño tenía que conformarse con la literatura escrita para mayores y las obras que le servían para el aprendizaje. En el siglo XVIII se va tomando conciencia de que el niño necesita una literatura de entretenimiento especialmente creada para él.

Fue en el siglo XIX cuando proliferaron las lecturas de recreo y entretenimiento. Como dijimos antes, se formaron nuevos públicos ávidos de este tipo de literatura. Dejó de ser entonces la lectura dominio de intelectuales y religiosos, dejó de estar encerrada en el ámbito del estudio para pasar a llenar también el tiempo de ocio de obreros, mujeres y niños.

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